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Dignificando al pecador.

La parábola del hijo pródigo nos confronta con ideas que dominan el pensamiento cristiano. En esta parábola cada uno de los personajes hace lo que menos se espera de ellos y sus respuestas contradicen nuestra forma de pensar.

En el pensamiento cristiano, o por lo menos la forma en la que representamos a Dios, el padre está enojado con el pecador y quiere castigarlo, pero el Dios representado por el padre en la parábola del hijo pródigo nos sorprende y hace añicos nuestras ideas acerca de Dios. Este Dios, da libertad a sus hijos, y los deja tomar sus propias decisiones, aun cuando estas vayan en contra de Su voluntad.

En la historia del hijo pródigo, el padre no está enojado con su hijo desobediente; lo espera y cuando lo ve venir, se vuelve como un niño, corriendo a su encuentro. Son los niños los que corren al encuentro del padre, pero en esta parábola es el padre el que corre al encuentro de su hijo confrontando así nuestros conceptos acerca de Dios.

Del hermano mayor, que representa a la iglesia, se espera que se regocije con la llegada de su hermano menor (el pecador) que se había perdido, pero hace lo contrario. El hermano mayor nos sorprende a todos con su enojo; no quiere participar de la fiesta de bienvenida que el padre dio a su hermano. Erróneamente se compara con él hermano menor y se llena de un falso sentido de justicia basado más en sus obras que en el amor del padre. Siente que por sus obras él es digno y que su hermano es indigno.

Por último, el hijo pródigo, el personaje de la historia que representa al pecador, es el que más sorprende. No puedo evitar notar que cuando Jesús habla de los pecadores, los dignifica. Después de que el hijo menor malgastó su herencia y vivió perdidamente, después de haber hecho todo lo incorrecto, Jesús nos da la oportunidad de ver el corazón de un pecador. Estando lejos de la casa de su padre, el hijo pródigo reaccionó:

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”

¡Qué declaración de arrepentimiento tan bella, tan sincera, tan poética, tan profunda, tan llena de significado!  Cada vez que leo el arrepentimiento del hijo pródigo, su actitud me confronta, me humilla, me pone en mi lugar.

Necesito aprender del hijo pródigo.

La iglesia ve al pecador como un salvaje, como un animal. Como alguien insensible que no experimenta el sentido de culpabilidad y no tiene ningún interés en cambiar, pero el hijo pródigo nos enseña que los pecadores no están conformes con su condición y aun cuando están lejos, sus corazones apuntan hacia la casa del padre, apuntan hacia Dios.

El hijo pródigo nos da una lección de arrepentimiento de la que todos podemos aprender.

Los cristianos nos sentimos dignos y con derechos; reclamamos, desatamos y decretamos bendiciones sobre nosotros mismos…. Pero el hijo pródigo no se siente digno. Su declaración y su decreto es: “No soy digno de ser llamado tu hijo.”

Qué bello…

El tema de dignificar al pecador es tocado otra vez por Jesús cuando contó la parábola del publicano y el fariseo. Jesús sabía que los fariseos (religiosos) menospreciaban a los publicanos (pecadores), pero a través de su ejemplo y enseñanzas Jesús puso al pecador en una mejor luz.

«Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos.  El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos…” En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” » Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

No es accidental que el publicano se parezca al hijo pródigo en su actitud y en su lenguaje. Es el mismo Jesús contando otra parábola en la que dignifica al pecador. No deja de sorprenderme el énfasis tan positivo que Jesús pone sobre el pecador en las historias que cuenta. Tan diferente a la actitud que la iglesia tiene en relación al pecador.

El publicano se queda a cierta distancia, no se siente digno de acercarse, ni tampoco se atreve a alzar la vista al cielo. Jesús nos enseña que el pecador no es un animal salvaje que solo quiere pecar.

Jesús dignifica al pecador…

Por lo menos en un par de ocasiones Jesús se admira de la fe de los pecadores. (Nunca se admiró de la fe de los religiosos). Que Dios se admire de la fe de alguien ya es un tema por demás interesante, pero que ese alguien no pertenezca a la fe, es revolucionario.

Jesús dignificó al pecador,

¿Por qué nosotros no hacemos lo mismo?

Autor: J.A.R.


¿Muy sucio?

En el mundo que habitamos hoy día, resulta muy difícil pensar en la  existencia de personas a las que se puedan llamar santos, pero, aunque el resto del mundo no lo crea nosotros sí, ¿por qué?, simple y sencillamente porque nosotros mismos lo somos.

No importa la cantidad de pecados y hayas traído hasta tu encuentro con Jesús, la Biblia dice: El llevó nuestros pecados y que el Espíritu de Dios habita desde entonces en nosotros. Ahora bien ¿es confortable y se siente a gusto  el Espíritu Santo dentro de nosotros?.., sé que en estos momentos estás pensando en todas esas mentiras, las miradas lujuriosas, los pensamientos impuros y todos tus demás pecados y dejarás de sentirte santo, pero ¡hey!, la santidad no es una sensación o sentimiento, va mucho más allá de nuestra especulación sensorial y trasciende todo acto egoísta y repulsivo de nuestro ser. 

El ser santo no pasa por el hacer o no hacer, el ser santo significa: ser apartado para Dios, pero ¿apartado de qué?, pues del pecado, más estar apartado del pecado no nos asegura que no hemos de caer en el. De manera más sencilla y sin tantos rodeos: ser santo es recibir el regalo inmerecido de la gracia, hecha realidad en la Sangre derramada por Jesús en la cruz, para cubrir todas las faltas que nosotros cometimos, cometemos y cometeremos. Pero, ¿es acaso esto un permiso o boleto para hacer todo lo que nos venga en gana?, claro que no, si pensamos así, es porque no nos ha amanecido, y el conocimiento sobre la palabra de Dios que poseemos es menos del mínimo.

Ahora bien, es bueno y sano el hacer una mirada introspectiva, revisar si a la habitación del Espíritu Santo hemos permitido la entrada de cucarachas, roedores u otra clase de alimañas que, sin darnos cuenta, pueda estar ensuciando lo que debería permanecer impoluto. Tal vez sean algunos comentarios subidos de tono, unos chistes de doble sentido, una discusión que se salió de madre, una película o serie de televisión que implantó escenas obscenas en nuestra mente, una mentira "blanca" o un saludo hecho con hipocresía... pequeñas cosas de nuestro día a día pero que igual nos manchan y ensucian, situaciones que, a nuestro juicio o  modo de ver, no serían considerados como pecados pero ante los ojos del que es tres veces Santo, serán vistos tal cual son: sucios e infecciosos pecados.

No te des látigo, no te castigues o auto-infrinjas dolor mental y espiritualmente, ya sabes que no hay otra cosa para hacer sino ir a los pies de quien te puede ayudar, orar con un corazón contrito y humillado, pedir perdón, arrepentirte y seguir adelante, porque lo quieras o no es un ejercicio de obligatoria práctica diaria y de no hacerlo solo ensuciarás más y más tu vida. Recuerda: no nos ensucia tanto lo que entra a nosotros como sí lo que sale de nuestro corazón y pedir perdón es más sencillo cuando a quién se lo pides es todo amor, paciencia, gracia y misericordia.


Después de la caída.

...Mientras la conducían frente a la autoridad pensaba en todo lo que había hecho: sus mentiras, sus robos, en aquella otra mujer que sufriría al enterarse del engaño, en el honor mancillado de su familia y el escarnio al que sometería a  los suyos tras su condena, pero realmente le aterraba el seguro hecho de saber que lo último que vería sería a ese grupo de hombres señalándola, burlándose, acusándola y... un golpe duro y seco en su cuerpo al dar contra el suelo le trae de vuelta a la cruda y fría realidad: los  insultos de los hombres que le con furia exclaman: ¡ramera! y otros tantos improperios, la señalan y le advierten que han conseguido a quien se encargará de su caso, que es alguien reconocido y que viene en camino.

Ella no los mira, su rostro está cubierto por su cabellera desdeñada y maltrecha por aquellos que claman justicia y dan voces pidiendo un ejecutor.

Tirada en el suelo y tras la maraña de cabello, nadie puede ver el azul de sus ojos verter amargas lágrimas provocadas por el miedo, a su rostro expresar la agonía inmensa y martirizante de la incertidumbre, nadie ve el sufrimiento extenuante que el pecado le ha causado. De momento se aumenta el barullo y todos gritan más y más porque el encargado de proferir juicio y condena se aproxima, ella solo llora más amargamente y se atreve a gemir: gime por los hijos que no vendrán, por el amor que no conoció, por los campos que no pudo visitar...por la vida que tristemente se le va. Siente rabia consigo misma, se pregunta: ¿por qué no me resistí?, ¿por qué caí en su juego y sus suaves palabras?, ¿ por qué, por qué, por qué?, mientras pensaba en esto, se hizo un gran silencio: su juez había llegado.

El hombre encargado de impartir justicia caminaba hacia ella. Dejó  de gemir y sólo lloraba en silencio mientras veía como se acercaban los pies de aquel hombre que la condenaría a morir. Se detuvo justo frente a su rostro y se inclinó: asustada pero mayormente sorprendida sintió como este varón retiró el desaliñado cabello de su faz y le miró directamente a los ojos, ella esperaba una mirada acusadora y enjuciadora, que le hiciera sentir aún mas miserable de como se sentía en ese momento, porque en el fondo sabía: eso y aún más era lo merecido por su pecado, o por lo menos eso era lo que le habían enseñado desde niña, pero tal fue su sorpresa al ver unos ojos compasivos, una mirada tierna y un rostro que le hizo sentir como si nada malo le fuera a pasar, una mirada llena de paz y amor como ningún otro ser le había hecho sentir en toda su existencia.

Luego de eso dejó de llorar y sintió como su corazón tomó fuerza, y sin importar el dolor que sentía en su cuerpo magullado y golpeado, quiso sentarse y mirar, así fuera solo el calzado de aquel hombre que trajo nuevo ánimo a su ser, quien pudo borrar el temor y renovó sus, casi perdidas, ganas de vivir...

El final todos lo sabemos: Jesús libra a esta mujer de la muerte con la conocida frase: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra y eso es lo que hoy nos quiere recordar; no importa a cuántos cultos asistas, no importa si sirves en toda actividad de la congregación, no es la cantidad de palabra que haz memorizado ni las canciones o las danzas ... nada de eso te hace mejor que otro, nadie te ha erigido como juez, pero si osamos levantar nuestro dedo y señalar pecados, errores y contradicciones como bien nos parece, olvidando  mirar a los ojos de aquel que ha caído, saber que es nuestro hermano, ver el dolor, el cruel castigo que el pecado le ha infringido y, con la misma mirada tierna de ojos compasivos que tuvo Jesús contigo y conmigo: perdonar, amar, restaurar y ayudarle a recobrar las ganas de vivir.


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