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Puntos de resignación.

Cada uno de nosotros tiene puntos de resignación. Esto es: donde alguien prueba tu paciencia hasta cierto nivel y tú dices: «¡Se acabó!» Entonces te rindes y te resignas. 

Ese es tu punto automático de resignación predeterminado.

¿Cuáles son algunos de tus puntos de resignación?

Todos nosotros los tenemos. Quizás sea cuando alguien nos da problemas. Quizás sea cuando las cosas no salen exactamente de la manera que nosotros las queríamos. Quizás sea cuando algunos se rehúsan a escucharnos cientos de veces, así que los tachamos en nuestras mentes y corazones. Nos resignamos porque su inmadurez o falta de atención escaló a nuestros niveles de renuncia.

Como un oponente militar, que complota las coordenadas de un submarino al que planea interceptar, también nuestro subconsciente registra cuánto puedes soportar; en qué punto preciso en la medida de dolor, resignarás.

Ahora, mírame a los ojos: Aunque estés bajo presión, no te rindas!

No se qué recordarán mis hijos de mi, cuando ya no esté aquí, pero si alguno de ustedes me sobrevive, espero que los escuchen decir que nunca me he rendido. Que he soñado hasta el último día de mi vida y que he elevado mi umbral de resistencia.

Autor: Dante Gebel

Resistir te hace valiente, resignar...bueno ya lo debes saber.


Dignificando al pecador.

La parábola del hijo pródigo nos confronta con ideas que dominan el pensamiento cristiano. En esta parábola cada uno de los personajes hace lo que menos se espera de ellos y sus respuestas contradicen nuestra forma de pensar.

En el pensamiento cristiano, o por lo menos la forma en la que representamos a Dios, el padre está enojado con el pecador y quiere castigarlo, pero el Dios representado por el padre en la parábola del hijo pródigo nos sorprende y hace añicos nuestras ideas acerca de Dios. Este Dios, da libertad a sus hijos, y los deja tomar sus propias decisiones, aun cuando estas vayan en contra de Su voluntad.

En la historia del hijo pródigo, el padre no está enojado con su hijo desobediente; lo espera y cuando lo ve venir, se vuelve como un niño, corriendo a su encuentro. Son los niños los que corren al encuentro del padre, pero en esta parábola es el padre el que corre al encuentro de su hijo confrontando así nuestros conceptos acerca de Dios.

Del hermano mayor, que representa a la iglesia, se espera que se regocije con la llegada de su hermano menor (el pecador) que se había perdido, pero hace lo contrario. El hermano mayor nos sorprende a todos con su enojo; no quiere participar de la fiesta de bienvenida que el padre dio a su hermano. Erróneamente se compara con él hermano menor y se llena de un falso sentido de justicia basado más en sus obras que en el amor del padre. Siente que por sus obras él es digno y que su hermano es indigno.

Por último, el hijo pródigo, el personaje de la historia que representa al pecador, es el que más sorprende. No puedo evitar notar que cuando Jesús habla de los pecadores, los dignifica. Después de que el hijo menor malgastó su herencia y vivió perdidamente, después de haber hecho todo lo incorrecto, Jesús nos da la oportunidad de ver el corazón de un pecador. Estando lejos de la casa de su padre, el hijo pródigo reaccionó:

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”

¡Qué declaración de arrepentimiento tan bella, tan sincera, tan poética, tan profunda, tan llena de significado!  Cada vez que leo el arrepentimiento del hijo pródigo, su actitud me confronta, me humilla, me pone en mi lugar.

Necesito aprender del hijo pródigo.

La iglesia ve al pecador como un salvaje, como un animal. Como alguien insensible que no experimenta el sentido de culpabilidad y no tiene ningún interés en cambiar, pero el hijo pródigo nos enseña que los pecadores no están conformes con su condición y aun cuando están lejos, sus corazones apuntan hacia la casa del padre, apuntan hacia Dios.

El hijo pródigo nos da una lección de arrepentimiento de la que todos podemos aprender.

Los cristianos nos sentimos dignos y con derechos; reclamamos, desatamos y decretamos bendiciones sobre nosotros mismos…. Pero el hijo pródigo no se siente digno. Su declaración y su decreto es: “No soy digno de ser llamado tu hijo.”

Qué bello…

El tema de dignificar al pecador es tocado otra vez por Jesús cuando contó la parábola del publicano y el fariseo. Jesús sabía que los fariseos (religiosos) menospreciaban a los publicanos (pecadores), pero a través de su ejemplo y enseñanzas Jesús puso al pecador en una mejor luz.

«Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos.  El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos…” En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” » Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

No es accidental que el publicano se parezca al hijo pródigo en su actitud y en su lenguaje. Es el mismo Jesús contando otra parábola en la que dignifica al pecador. No deja de sorprenderme el énfasis tan positivo que Jesús pone sobre el pecador en las historias que cuenta. Tan diferente a la actitud que la iglesia tiene en relación al pecador.

El publicano se queda a cierta distancia, no se siente digno de acercarse, ni tampoco se atreve a alzar la vista al cielo. Jesús nos enseña que el pecador no es un animal salvaje que solo quiere pecar.

Jesús dignifica al pecador…

Por lo menos en un par de ocasiones Jesús se admira de la fe de los pecadores. (Nunca se admiró de la fe de los religiosos). Que Dios se admire de la fe de alguien ya es un tema por demás interesante, pero que ese alguien no pertenezca a la fe, es revolucionario.

Jesús dignificó al pecador,

¿Por qué nosotros no hacemos lo mismo?

Autor: J.A.R.


La culpa es de...

Rom 8: 38-39 nos cuestiona sobre quién nos podrá separar del amor de Dios, pero no sé qué tan literal y cierto sea esto en nuestro diario vivir, Siempre se nos hace fácil repetir como loritos los versículos que en la Iglesia o congregación a la que asistimos, nos señalan como importantes o que son promesas de parte de nuestro Dios. Con esto no quiero invalidar la sana costumbre que es el memorizar textos bíblicos, mas sí, es mi deseo el que podamos reflexionar sobre el poder que puede o no ejercer la palabra en nuestra vida.

Cuando la Biblia nos habla de que la muerte, la vida, entidades sobrenaturales, desastres o creaciones de hombres, no son suficiente para separarnos del amor de Dios, literalmente quiere significar que NADA, absolutamente NADA, puede hacerlo. El escritor usa estas figuras como unos muy buenos ejemplos y como generalizadores de las cosas que podrían hacernos pensar que Dios ha dejado de amarnos.

Pero con el correr del tiempo la palabra de Dios se nos hizo insuficiente y corta, porque quisiéramos que se agregaran unas cuantas cosas más a la lista o simplemente argumentaríamos que debería ser más específica. Nos gustaría que rezara algo similar a esto: "por lo cual es altamente probable que ni las deudas, ni los ladrones, los asesinos, los trancones, el trabajo, la escasez, la enfermedad, la tecnología, el terrorismo, los derrames de petróleo, las burbujas inmobiliarias, las caídas de la bolsa, la pornografía, las redes sociales, los chismes, las murmuraciones, las falsas acusaciones, los malos testimonios y todo lo demás que aquí no se dice, pero tu Señor sabes y puedan preocuparme, nos podrá separar del cariño o afecto (o cualquier "buen"sentimiento que te despertemos oh Dios) , que es en Cristo Jesús Señor de muchos."

¿Qué nos parece?, ¿así está mejor?, ¿también crees, como muchos, que Dios debe ser más específico?. El añadir o quitar a su palabras es altamente condenado por El, pero, como en muchas otras cosas, a  nosotros nos gusta hacerlo y sólo por el hecho de no tener conocimiento y por no entender alguna palabra que está escrita en la Biblia entonces creemos que Dios no nos habla de lo que nosotros precisamos en momentos puntuales de nuestra vida.

Si somos sinceros y hacemos un análisis de lo que nos impide servir a Dios, orar y buscarle, nos daremos cuenta que son pequeñeces, que ante nuestra incredulidad, ayudada de nuestra dureza de corazón, logran hacernos dudar de la bondad de Dios, de su amor infinito por nosotros, de su grande misericordia y paciencia...aún de su existencia. Son esas pequeñas zorras que destruyen las viñas, los plantíos de nuestro Dios: nuestra vida.

Somos expertos en culpar al demonio, a las circunstancias, a los demás y no vemos cómo nuestras malas decisiones, la falta de Fe y estudio de la palabra nos llevan al error y hacen que poco a poco nos separemos, sin percatarnos, del amor de Dios.





Después de la caída.

...Mientras la conducían frente a la autoridad pensaba en todo lo que había hecho: sus mentiras, sus robos, en aquella otra mujer que sufriría al enterarse del engaño, en el honor mancillado de su familia y el escarnio al que sometería a  los suyos tras su condena, pero realmente le aterraba el seguro hecho de saber que lo último que vería sería a ese grupo de hombres señalándola, burlándose, acusándola y... un golpe duro y seco en su cuerpo al dar contra el suelo le trae de vuelta a la cruda y fría realidad: los  insultos de los hombres que le con furia exclaman: ¡ramera! y otros tantos improperios, la señalan y le advierten que han conseguido a quien se encargará de su caso, que es alguien reconocido y que viene en camino.

Ella no los mira, su rostro está cubierto por su cabellera desdeñada y maltrecha por aquellos que claman justicia y dan voces pidiendo un ejecutor.

Tirada en el suelo y tras la maraña de cabello, nadie puede ver el azul de sus ojos verter amargas lágrimas provocadas por el miedo, a su rostro expresar la agonía inmensa y martirizante de la incertidumbre, nadie ve el sufrimiento extenuante que el pecado le ha causado. De momento se aumenta el barullo y todos gritan más y más porque el encargado de proferir juicio y condena se aproxima, ella solo llora más amargamente y se atreve a gemir: gime por los hijos que no vendrán, por el amor que no conoció, por los campos que no pudo visitar...por la vida que tristemente se le va. Siente rabia consigo misma, se pregunta: ¿por qué no me resistí?, ¿por qué caí en su juego y sus suaves palabras?, ¿ por qué, por qué, por qué?, mientras pensaba en esto, se hizo un gran silencio: su juez había llegado.

El hombre encargado de impartir justicia caminaba hacia ella. Dejó  de gemir y sólo lloraba en silencio mientras veía como se acercaban los pies de aquel hombre que la condenaría a morir. Se detuvo justo frente a su rostro y se inclinó: asustada pero mayormente sorprendida sintió como este varón retiró el desaliñado cabello de su faz y le miró directamente a los ojos, ella esperaba una mirada acusadora y enjuciadora, que le hiciera sentir aún mas miserable de como se sentía en ese momento, porque en el fondo sabía: eso y aún más era lo merecido por su pecado, o por lo menos eso era lo que le habían enseñado desde niña, pero tal fue su sorpresa al ver unos ojos compasivos, una mirada tierna y un rostro que le hizo sentir como si nada malo le fuera a pasar, una mirada llena de paz y amor como ningún otro ser le había hecho sentir en toda su existencia.

Luego de eso dejó de llorar y sintió como su corazón tomó fuerza, y sin importar el dolor que sentía en su cuerpo magullado y golpeado, quiso sentarse y mirar, así fuera solo el calzado de aquel hombre que trajo nuevo ánimo a su ser, quien pudo borrar el temor y renovó sus, casi perdidas, ganas de vivir...

El final todos lo sabemos: Jesús libra a esta mujer de la muerte con la conocida frase: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra y eso es lo que hoy nos quiere recordar; no importa a cuántos cultos asistas, no importa si sirves en toda actividad de la congregación, no es la cantidad de palabra que haz memorizado ni las canciones o las danzas ... nada de eso te hace mejor que otro, nadie te ha erigido como juez, pero si osamos levantar nuestro dedo y señalar pecados, errores y contradicciones como bien nos parece, olvidando  mirar a los ojos de aquel que ha caído, saber que es nuestro hermano, ver el dolor, el cruel castigo que el pecado le ha infringido y, con la misma mirada tierna de ojos compasivos que tuvo Jesús contigo y conmigo: perdonar, amar, restaurar y ayudarle a recobrar las ganas de vivir.


Espera...

A veces Dios te pide esperar, pero tu y yo sabemos que siempre será mas fácil decirlo que hacerlo.

Personalmente me molesta la espera, soy impaciente, siempre quiero tener o hacer ya lo que deseo, pero, digo amar a Dios, y en muchas ocasiones me ha pedido esperar y ¿qué he hecho'... lo que he querido y no he esperado, he desobedecido. Como consecuencia han venido problemas, he caído en errores que me han traído miles de inconvenientes, y haciendo una retrospectiva, hubiera podido evitarlos solo con la simple acción de la espera, y digo acción porque muchos creen y asocian la espera con inoperancia o falta de acción. No. La espera es un tiempo en el que debes cesar en una área de tu vida, por lo tanto dicho tiempo lo puedes usar para hacer crecer otras, porque si haces una introspección, te darás cuenta... las tienes muertas o descuidadas.

 Dios no te pedirá que esperes si no tiene algo para enseñarte durante o al final del tiempo de tu espera.

 Lastimosamente no hay fórmulas mágicas que hagan de la espera el periodo más feliz de nuestra vida, pero si hay consejos que la harán más llevadera:
  • No pienses tanto en lo que harás cuando la espera termine, esto aunque es agradable por un momento, puede generar ansiedad.
  • Has otras cosas que has descuidado o dejado de lado, aún intenta hacer cosas nuevas.
  • No desesperes, confía en Dios y en lo que te ha prometido, si El te lo dijo, El lo hará.
  • Obedece, no abortes a mitad del tiempo, piensa en la recompensa que trae la paciencia.
  • Disfruta, no hay razón para amargarte o sufrir.
  • Establece un final para la espera, no hay esperas eternas, ora y establece un tiempo prudente, esto te hará bien.
  • Cree. Al final de la espera tu decides si valió o no la pena creer, pero por lo general siempre serás recompensado.

Consejos, palabras, historias...¡cuéntanos!

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